Washington Irving nació en el corazón de lo que ahora es Manhattan, en 1783, donde murió a los 76 años. Hijo de buena familia, como en muchos casos similares estudió derecho, pero apenas llegó a ejercer. Desde pequeño fue un devorador de libros (Robinson Crusoe, Las mil y una noches…), y con 19 años publicó sus primeros textos en el diario neoyorquino Morning’s Chronicles, que editaba uno de sus diez hermanos.
Tuvo la oportunidad de viajar a Europa poco después, visitando Marsella, Ginebra, España, Sicilia, Roma… y unos años más tarde, gracias a su implicación en una empresa comercial -también compartida con uno de sus hermanos- se fue a Liverpool. Aunque esta empresa pronto quebró, Washington decidió quedarse ya en Europa, residiendo sucesivamente en Dresde, Londres y París.
En todos estos viajes tuvo la oportunidad de conocer a personajes importantes: desde el almirante Nelson (con quien coincidió en Sicilia), hasta los escritores Walter Scott y Thomas Moore, de los que se hizo gran amigo.
Uno de los mayores traumas de su vida fue la muerte de su prometida, Matilda Hoffmann, cuando ésta tenía solo 17 años. Hasta tal punto le afectó, que tomó la resolución de no casarse nunca, aunque años más tarde mantendría una relación con la también escritora Mary Shelley.
Una de las primeras obras con las que consiguió renombre fue su Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, que se hizo tan popular que desde entonces los neoyorquinos descendientes de holandeses fueron apodados así, “knickerbockers”.
Sus cuentos más famosos problamente son algunos de los incluidos en su volumen El libro de apuntes de Geoffrey Crayon, publicado en 1820: ahí iban incluidos “La leyenda de Sleepy Hollow – el jinete sin cabeza” y “Rip van Winkle”, dos historias inmortales que han sido mil veces versionadas.
Aunque se le considera el primer escritor profesional en la historia norteamericana, desempeñó también tareas diplomáticas, y durante su estancia en España el embajador le encargó estudiar los archivos relativos al descubrimiento de América. Escribió un par de tomos sobre la vida y viajes de Cristobal Colón, y sobre la conquista de Granada, lugar que también inspiró una serie de cuentos famosísimos: Cuentos de la Alhambra.
Su popularidad fue enorme, y su muerte fue luto nacional en un país que apenas acababa de constituirse como tal y que le dedicó multitud de homenajes. Numerosas de calles llevan hoy su nombre, e incluso se fundaron dos ciudades que llevan su nombre, Irvington (una en Texas y la otra en New Jersey). Sus restos descansan en el cementerio de Sleepy Hollow (“Valle durmiente”), al que hizo inmortal con su historia de terror.
Hoy les ofrecemos tres relatos de los nueve que componen su obra “Cuentos de la Alhambra”.
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Dino Buzzati Traverso nació en Belluno en 1906, en una familia acomodada cuya posición le permitió cultivar diversas aficiones: escribía, dibujaba, estudiaba violín y piano, y practicaba el montañismo, una pasión a la que dedicó varios de sus escritos.
Aunque por presión familiar cursó estudios de derecho, la literatura ya había calado hondo en él, y eligió hacer carrera como periodista en el mítico El Corriere della Sera. Para este periódico llegó incluso a cubrir conflictos bélicos, y curiosamente siempre consideró ese su oficio verdadero: nunca aceptó ser denominado escritor, sino que lo consideraba una simple afición ligada a su auténtico empleo.
En 1940 publicó su obra maestra, El desierto de los Tártaros, con cierta influencia kafkiana. Se convirtió en un libro de referencia, adaptado al cine en 1976, y al que incluso JM Coetzee rinde homenaje, retomando la idea en su Esperando a los bárbaros.
Escribió numerosos relatos, publicados principalmente en el Corriere, recopilados en Los siete mensajeros y otros relatos (1942), Miedo en la Scala (1949), Sesenta relatos (1958) y Las noches difíciles y otros relatos (1971).
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Yukio Mishima (1925-1970) fue durante muchos años el escritor japonés más conocido en occidente, y en los años próximos a su muerte incluso sonaba su nombre como posible premio Nobel de literatura. De hecho, en cierto sentido llegó a ser más valorado en el extranjero que en su país, donde había opiniones mucho más divididas sobre él: mientras que algunos por su popularidad lo veían incluso como un posible candidato a la presidencia del país, otros, los más tradicionalistas, no perdonaban sus extravagancias y salidas de tono.
Si biografía es imposible de resumir en pocos párrafos, ya que contiene partes oscuras y episodios muy controvertidos: acusaciones de ser partidario de los nazis, rumores de conductas sadomasoquistas, pertenencia a oscuras sectas relacionadas con las artes marciales que practicaba… y para poner la guinda, un suicidio ritual (sepukku, o decapitación) cuando estaba en la cumbre de su popularidad.
Pasó los primeros años de su infancia bajo la tutela de su abuela, vinculada a una secta de los samuráis, y con ciertas actitudes que hacen pensar que podía sufrir algún tipo de trastorno mental. Pero la señora también leía en francés y alemán, y era una experta en Kabuki. Así que bajo estas influencias, Mishima ya escribía sus primeros relatos, y había leído a Wilde, Rilke, y casi todos los clásicos japoneses.
Tras la muerte de su abuela, volvió a la casa familiar, y su padre, partidario de los nazis, le prohibió escribir; tuvo que continuar haciéndolo a escondidas, con la complicidad de su madre.
Yukio proclamó abiertamente su homosexualidad en Confesiones de una máscara, publicado en 1949, una novela con notas autobiográficas que se convirtió en un gran éxito y lo consagró como escritor; ninguna novedad, ya que casi todas sus obras están salpicadas de referencias homoeróticas. La muerte en mitad del verano (1953), El tumulto de las olas (1954), y sobre todo El pabellón de oro (1956) son sus novelas más conocidas; en total escribió unas cuarenta, además de 18 obras de teatro, 20 libros de relatos, y numerosos ensayos. “No comprendo cómo me han dado el premio Nobel a mí existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras”, dijo de él Yasunari Kawabata.
El 25 de noviembre de 1970 entregó aus editores la última parte de su tetralogía El mar de la felicidad. Acto seguido, con cuatro miembros de una milicia fascistoide que él mismo había fundado, la Tatenokai, se dirigió a un cuartel militar. Aprovechándose de su fama accedió a la oficina del comandante del acuartelamiento militar de Ichigaya, en Tokio. Tras maniatarlo, lanzó una arenga a los soldados tratando de provocar un alzamiento militar que devolviera al emperador sus antiguos poderes, pero su elaborado discurso fue recibido con burlas. Acto seguido, se suicidaron. Al parecer, todo estaba planeado por Mishima desde hacía más de un año.
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Saki es el pseudónimo literario del autor Hector Hugh Munro (1870-1916), nacido en Birmania cuando ésta aún formaba parte del Imperio Británico. Cuando apenas tenía dos años, su madre murió absurdamente corneada por una vaca, un hecho tragicómico en el que muchos ven la explicación al humor de tintes bastante macabros que transmite en muchos de sus escritos.
Debido a la temprana ausencia de su madre, Hector fue enviado a Inglaterra, en plena época Victoriana, para ser educado por unos parientes con fama de excepcionalmente rígidos y estrictos. Intentaría años más tarde seguir los pasos de su padre e integrarse como él en la policía birmana, pero problemas de salud le hicieron resignarse a regresar de nuevo a las islas.
Trabajó como periodista en diversos periódicos de Londres, oficio que le permitió vivir mientras escribía cuentos y novelas. Principalmente brilló en el relato corto, con muy agudas descripciones de los personajes y ambientes de la época victoriana, siempre con un humor cáustico. Borges sentía una gran debilidad por él: “Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde.”
Saki murió en una trinchera durante la Primera Guerra Mundial; su edad, 46 años, le eximía de la obligación de acudir al frente, pero se presentó voluntario. Cuenta la leyenda que sus últimas palabras fueron para reprender a sus compañeros que estaban fumando, porque eso delataría su posición. Con un “apagad ese puto cigarro”, se despidió el mejor de los escritores británicos nacidos en Oriente.
Dado que es un escritor para el que ya han expirado todos los derechos de autor, iremos publicando poco a poco su obra íntegra.
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Rodolfo Walsh, argentino de origen irlandés, nació en la provincia de Río Negro en 1927. A los 14 años se trasladó a Buenos Aires para cursar sus estudios secundarios, y poco después, cuando recién comenzaba sus estudios de filosofía y letras, obtuvo un empleo como corrector en una editorial.
Esta época no fue fácil para él, y tuvo que emplearse en multitud de oficios para salir adelante. Pero pese a trabajar de friegaplatos, limpiador de ventanas, u obrero, no consiguió costearse los estudios y tuvo que abandonar la carrera que cursaba.
Sin embargo, la vocación literaria ya se había instalado en él desde su paso por aquella editorial, y en 1951, logro un empleo en Hachette, que por entonces editaba las revistas Leoplán y Vea y Lea.
A Walsh le tocó vivir una época convulsa, en toda Latinoamérica y especialmente en su país, y él mismo se involucró activamente en diversas corrientes políticas. Sin ir más lejos, en 1959 fue uno de los periodistas que viajó a Cuba para participar en la creación de la agencia de noticias Prensa Latina, una iniciativa personal del Che Guevara.
Todo esto se refleja en su obra, en la que encontramos tanto cuentos policiales, como novelas de no-ficción, al estilo de Truman Capote en A Sangre Fría. Estremecedor fue el relato que hizo con el testimonio de Juan Carlos Livraga, único sobreviviente de los fusilamientos clandestinos en el basural de José León Suárez: se referían a él como “el fusilado que vive”: “Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar y casi ni enterarse”. Finalmente consiguió publicarla en un pequeño diario nacionalista, y años más tarde, junto con las notas de su investigación, en una obra titulada Operación Masacre.
Fue este género, denominado “periodismo narrativo” o “novela testimonio” el que hizo famoso a Walsh, con títulos como Quién mató a Rosendo, Casa Satanowsky, y la citada Operación Masacre.
En 1976, a causa de la censura impuesta por la dictadura militar, Walsh creó la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). Ese mismo año, su hija, militante en los Montoneros, murió en un enfrentamiento con la policía, prefiriendo suicidarse cuando se vio acorralada.
Un fin similar tuvo el propio Walsh apenas un año después. El 24 de marzo de 1977 envió su Carta abierta de un Escritor a la Junta Militar, en la que denunciaba el terrorismo de estado. Al día siguiente, un pelotón especializado intentó detenerlo. Sabiendo que ese sería su fin, Walsh se parapetó tras un árbol, desenfundó su arma, y ofreció toda la resistencia que fue capaz, incluso cuando ya estaba herido de muerte. Su cuerpo nunca fue recuperado.
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Augusto Roa Bastos (Asunción, 1917-2005) es posiblemente el mayor escritor que ha dado Paraguay a la literatura. Su cultura era portuguesa, guaraní y vasca, pero es sobre todo del mundo indígena de lo que se nutren sus escritos.
En 1932, durante la guerra entre Paraguay y Bolivia, Augusto se alistó en el ejército para servir como enfermero, en gran parte por sus ansias de aventura. Pero pronto desarrolló un fuerte antimilitarismo, quedándose en la retaguardia. De esta experiencia sacó muchas historias que luego reflejaría en sus obras, y además le avaló para luego ser enviado como corresponsal a Europa del diario El País (el paraguayo, no el español) durante la segunda guerra mundial.
A la vuelta de la guerra, en 1947, tuvo que abandonar Asunción, amenazado por la represión del gobierno contra todos los sospechosos de haber alentado un intento de golpe de Estado, y se instaló en Buenos Aires, donde residió casi treinta años hasta que, de nuevo, la llegada de la dictadura Argentina le obligó a trasladarse a Francia. En 1982 había sido privado de la ciudadanía paraguaya; se le concedería la española honoraria en 1983 y la francesa en 1987.
Recibió los premios del British Council (1948), el Premio de las Letras Memorial de América Latina (Brasil, 1988), y en 1989, el Premio Cervantes.
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Joseba Irazu Garmendia (Aesteasu, 1951) tuvo que elegir un pseudónimo literario por motivos muy diferentes a los habituales en este gremio: de hecho en su caso no fue una elección, sino una precaución recomendable. Y es que empezó a escribir en una época en la que, el simple hecho de hacerlo en su lengua materna, el euskera, suponía ser inmediatamente fichado, y eso si no desembocaba en problemas mayores. La enseñanza de este idioma estaba prohibida, y gran parte de su generación, aunque aprendió a hablarlo a través de sus progenitores, no tuvo oportunidad de aprender a escribirlo correctamente. Joseba se rebeló contra eso y acabó convertido en uno de los referentes literarios –quizá el principal- en lengua vasca. Él mismo habla en su página web personal de esta problemática, dedicándole un texto, Mi primera lengua, que resulta una lectura muy recomendable.
“Elegí Atxaga porque es el segundo apellido de mi padre, y Bernardo porque era el nombre del amigo que me dejó la máquina de escribir. Éramos estudiantes de económicas, compartíamos un piso diez personas, y él era el único que tenía máquina de escribir”.
Así que Joseba Irazi, Bernardo Atxaga en adelante, comenzó a publicar en la revista Anaitasuna en 1972, y poco después en Pampina Ustela. Algunos de sus primeros textos, como la composición teatral “Borobila eta puntua”, llegaron a manos de Gabriel Aresti (“el poeta y voz de los vascos”, como lo denomina Atxaga) quien se entusiasmó y decidió apadrinarle.
En los ochenta, finalizados sus estudios de Filosofía y letras, decidió dedicarse profesionalmente a la literatura. Es entonces cuando nace su universo literario, Obaba, donde se situarán las dos obras que le darían fama: Bi anai (Dos hermanos) y Obabakoak, (Los de Obaba), que fue llevada al cine por Montxo Armendariz.
Su obra es muy completa y ecléctica, habiendo tocado todos los palos: ficción y no ficción, poesía y ensayo, novela y literatura infantil, relato corto y teatro.
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Washington Irving nació en el corazón de lo que ahora es Manhattan, en 1783, donde murió a los 76 años. Hijo de buena familia, como en muchos casos similares estudió derecho, pero apenas llegó a ejercer. Desde pequeño fue un devorador de libros (Robinson Crusoe, Las mil y una noches…), y con 19 años publicó sus primeros textos en el diario neoyorquino Morning’s Chronicles, que editaba uno de sus diez hermanos.
Tuvo la oportunidad de viajar a Europa poco después, visitando Marsella, Ginebra, España, Sicilia, Roma… y unos años más tarde, gracias a su implicación en una empresa comercial -también compartida con uno de sus hermanos- se fue a Liverpool. Aunque esta empresa pronto quebró, Washington decidió quedarse ya en Europa, residiendo sucesivamente en Dresde, Londres y París.
En todos estos viajes tuvo la oportunidad de conocer a personajes importantes: desde el almirante Nelson (con quien coincidió en Sicilia), hasta los escritores Walter Scott y Thomas Moore, de los que se hizo gran amigo.
Uno de los mayores traumas de su vida fue la muerte de su prometida, Matilda Hoffmann, cuando ésta tenía solo 17 años. Hasta tal punto le afectó, que tomó la resolución de no casarse nunca, aunque años más tarde mantendría una relación con la también escritora Mary Shelley.
Una de las primeras obras con las que consiguió renombre fue su Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker, que se hizo tan popular que desde entonces los neoyorquinos descendientes de holandeses fueron apodados así, “knickerbockers”.
Sus cuentos más famosos problamente son algunos de los incluidos en su volumen El libro de apuntes de Geoffrey Crayon, publicado en 1820: ahí iban incluidos “La leyenda de Sleepy Hollow – el jinete sin cabeza” y “Rip van Winkle”, dos historias inmortales que han sido mil veces versionadas.
Aunque se le considera el primer escritor profesional en la historia norteamericana, desempeñó también tareas diplomáticas, y durante su estancia en España el embajador le encargó estudiar los archivos relativos al descubrimiento de América. Escribió un par de tomos sobre la vida y viajes de Cristobal Colón, y sobre la conquista de Granada, lugar que también inspiró una serie de cuentos famosísimos: Cuentos de la Alhambra.
Su popularidad fue enorme, y su muerte fue luto nacional en un país que apenas acababa de constituirse como tal y que le dedicó multitud de homenajes. Numerosas de calles llevan hoy su nombre, e incluso se fundaron dos ciudades que llevan su nombre, Irvington (una en Texas y la otra en New Jersey). Sus restos descansan en el cementerio de Sleepy Hollow (“Valle durmiente”), al que hizo inmortal con su historia de terror.
Hoy les ofrecemos tres relatos de los nueve que componen su obra “Cuentos de la Alhambra”.
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Dino Buzzati Traverso nació en Belluno en 1906, en una familia acomodada cuya posición le permitió cultivar diversas aficiones: escribía, dibujaba, estudiaba violín y piano, y practicaba el montañismo, una pasión a la que dedicó varios de sus escritos.
Aunque por presión familiar cursó estudios de derecho, la literatura ya había calado hondo en él, y eligió hacer carrera como periodista en el mítico El Corriere della Sera. Para este periódico llegó incluso a cubrir conflictos bélicos, y curiosamente siempre consideró ese su oficio verdadero: nunca aceptó ser denominado escritor, sino que lo consideraba una simple afición ligada a su auténtico empleo.
En 1940 publicó su obra maestra, El desierto de los Tártaros, con cierta influencia kafkiana. Se convirtió en un libro de referencia, adaptado al cine en 1976, y al que incluso JM Coetzee rinde homenaje, retomando la idea en su Esperando a los bárbaros.
Escribió numerosos relatos, publicados principalmente en el Corriere, recopilados en Los siete mensajeros y otros relatos (1942), Miedo en la Scala (1949), Sesenta relatos (1958) y Las noches difíciles y otros relatos (1971).
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